11/08/2019 - 08:11:35 - visitas: 1011
Opinion

OPINION : Fosforito*

Las crónicas de Oxímoron : El zorro, la belleza y la muerte

“- Cuando ves algo así… es como si Dios te estuviera mirando directamente a los ojos por un segundo. Y si tienes cuidado, puedes verlo a él.

– ¿Y qué ves?

– Belleza.”

(Belleza Americana. 1999. Sam Mendes)

Creo que fue unos kilómetros antes del acceso a Colonia Hocker.  Circulaba despacio sobre la mano lenta de la autovía 14 en dirección al sur, estaba perdiendo la señal de la radio pública y entonces había conectado el bluetooth al estéreo del auto. Cuando vi un zorro echado a metros de la garita de la parada de colectivos, a un costado de la ruta. Era un zorro de monte, de lomo de tonos grisáceos y patas amarillas. El animal agonizante miraba hacía la dirección en la que yo venía, el sol a mis espaldas. Sus ojos se veían absortos en ese horizonte naranja que surgía con las primeras horas de aquella templada mañana invernal. Me fui tirando a un lado y detuve el vehículo hasta quedar frente a él, muy cerca.

El zorro apenas me dedicó una mirada, casi sin inmutarse, como si supiera que estaba muriendo y ya nada quedaba por hacer que contemplar ese amanecer que parecía mucho más bello que ningún otro antes. Su expresión transmitía paz y cierta melancolía. Sus ojos brillaban como si quisieran llorar, pero no de dolor sino a causa de esa última belleza que apreciaría en su vida. Quise acercarme para hacer no sé qué, pero me mostró los dientes de manera intimidante. Se me ocurrió que -más que como una amenaza- fui percibido como un inoportuno curioso que lo único que hacía era interrumpir ese momento final, fatal y único.

Así que volví a subir al auto y me quedé observándolo mientras tomaba unos mates tibios. Fueron menos de diez minutos hasta que apoyó por última vez su mentón sobre las patas delanteras y cerró los ojos para siempre.

Me quede mirando al zorro muerto mientras el sol naranja empezaba a brillar por el espejo retrovisor. Volví a sintonizar la radio y seguí viaje. La conmoción me duró unos minutos hasta que la realidad comenzó a salir otra vez por los parlantes. Hasta que la coyuntura, las responsabilidades y los apremios se apoderaron otra vez de mis pensamientos.

Así es la vida pensé: Vivimos enloquecidos por nuestras necesidades y anhelos. Vivimos aferrándonos a los pasamanos del mundo para no caernos. Tapando agujeros. Chocando con el vecino. Sudando, ahorrando y construyendo una tumba al ras de la tierra.

Ese es el mundo en el que vivimos. Algunos más, otros menos, pero nadie parece escapar. Un mundo en el que la frustración y la injusticia generan depresión, ansiedad y violencia.

La estupidez humana convertida en mandato social, el tirano reloj ordenando la vida, la liebre de la felicidad que se escapa como si le hubieran puesto el motor de un fórmula 1 y uno corriendo de atrás con el corazón en la boca y los esfínteres ceñidos…

Soñé un rato con caminar descalzo sobre la arena de una playa junto al mar. Soñé con llenar mis pulmones de aire en la cima de una sierra. Soñé con besarte hasta quedarme sin aliento. Soñé con reír como un loco junto a mis amigos de verdad mientras me ahogaba con un vaso de vino. Soñé con abrazar a los que amo hasta que se fundieran en mi pecho. Soñé que el mundo no me iba a matar de tristeza…

Soñé que hoy podía ser un domingo de gloria. Soñé que podíamos recuperar esa vida sencilla y más justa que nos arrebataron con mentiras. 

El zorro me mostró algo esa mañana… quisiera poder descansar en paz antes de morir.

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