Cuando digo genocidio, es porque, a diferencia de otras guerras donde se enfrentan ejércitos determinados en un campo de batalla, como está pasando en Ucrania, aquí un Estado, Israel, bombardea en forma indiscriminada no objetivos militares, sino lo que resta de un país desplazado cada vez más a fuerza de bombardear hospitales, clínicas, maternidades, escuelas, centros eléctricos y matando civiles, médicos y periodistas para que no informen la verdad de lo que acontece.
Es asombroso cómo el Estado de Israel, de pueblo perseguido, pasó a ser cómplice de una matanza planificada con el apoyo de EE.UU., utilizando eufemismos como pretexto, con frases como: «Israel tiene el derecho a defenderse». La mentira no es solo para recuperar a los rehenes, sino que cuenta con la complicidad de Occidente neoliberal, incluida la soberbia Europa.
En estos momentos, gran parte del pueblo israelí ha salido a las calles para protestar por estos ataques, verdaderamente terroristas, porque infunden terror, y están cansados de vivir en una guerra sin escalas que puede terminar en un infierno. Israel tiene una democracia débil, agotada, cooptada por el sionismo. Que la ONU sea despreciada en sus resoluciones, que nunca acató, significa el principio del fin de toda legitimidad en sus derechos.
Entre los países que apoyan a Israel en este genocidio, tres son su principal respaldo: EE.UU., Francia y Reino Unido. Es decir, un eje político que sostiene a una colonia europea artificialmente impuesta en un plan de colonización mundial.
Y uno se pregunta: ¿quién, esgrimiendo el derecho internacional o la Corte Penal Internacional, podrá poner límites al plan de expulsión total y desplazamiento forzado más hacia el sur, a través del paso de Rafah, que por el momento está cerrado? Como lo expresó el viceministro de Exteriores de Israel, su propuesta es que los palestinos se vayan al Sinaí egipcio, es decir, al desierto. En ese sentido, se ha filtrado a la prensa un documento interno del Ministerio de Inteligencia israelí que dice: «Los mensajes deben girar alrededor de la pérdida de territorio, dejando claro que no hay esperanza de regresar a los territorios que Israel pronto ocupará».
Ese modelo de desplazamiento ya se produjo durante las expulsiones de 1948, la Nakba (Plan Dalet), y en 1967, después de la Guerra de los Seis Días, cuando cientos de miles de palestinos fueron reasentados en Jordania, Líbano y Siria bajo un supuesto plan temporal que terminó siendo un hecho consumado. Egipto ha dicho que no aceptará un asentamiento de palestinos y sugirió a Israel que los desplace al desierto del Néguev.
La verdad es que el proyecto sionista es la consolidación del Gran Israel, es decir, el territorio israelí de antes de 1967 más los territorios palestinos de Cisjordania, Gaza y Jerusalén. El mismo Netanyahu mostró un mapa en la ONU incluyendo esos territorios como parte del Estado de Israel (cueste lo que cueste).
Sin embargo, expertos militares advierten que la historia reciente demuestra que intentar acabar con un grupo armado ocupando territorio y bombardeando masivamente a la población civil solo provoca un aumento de la resistencia, la insurgencia y la perpetuación de la violencia. Así ocurrió en Afganistán e Irak.
El general estadounidense Stanley McChrystal, quien comandó la guerra en Afganistán y dirigió operaciones en Irak, afirmó que por cada civil asesinado pueden aparecer diez insurgentes nuevos.
El problema para Israel es: ¿hasta cuándo podrá invisibilizar este genocidio con los medios de comunicación corruptos en manos del capitalismo?
Ya Gaza se ha ganado el mote de «el campo de concentración más grande del mundo», donde la crueldad y la degradación humana se dan la mano en un mundo totalmente deshumanizado por líderes mesiánicos, donde la otredad es solo un eufemismo.