Pensar para Educar, por Tekoá

Hacer propio lo bueno o hacer bueno lo propio

Que niños, niñas y adolescentes desarrollen una actitud positiva o negativa hacia sí mismos y hacia su ambiente no depende de que alguien les informe sobre lo bueno y lo malo, sino de la calidad de la experiencia interpersonal. Esto es decisivo, especialmente en cuanto a diferenciar claramente experiencia de acumulación de información. La experiencia incluye información, pero la supera, porque la procesa, la pone en relación con información previa, la clasifica, la elige o la descarta como guía para la acción y, principalmente, la jerarquiza según el valor atribuido a la fuente, o sea el adulto.

Los valores no se incorporan porque alguien manifieste que son los mejores, sino que se constituyen como buenos porque son los propios, los que se fueron adquiriendo a lo largo de la vida, con las mejores experiencias, en contacto con otros significativos; es decir que no se trata de manifestar solamente conceptos abstractos y generales sobre cuya bondad nadie intentaría discrepar:  Amor, solidaridad, verdad, democracia, respeto, ¿quién estaría dispuesto a declararse adverso a una sociedad en la que las personas se movieran guiadas por esos valores? O ¿alguien podría manifestarse partidario del odio, el egoísmo, la mentira, la tiranía, el abuso…?

Hace mucho tiempo un profesor de pedagogía decía que, en los viejos programas de estudio, aparecían temas del tipo formación en valores de las personas, pero en los listados de contenidos a enseñar no había nada que indicara claramente que los educadores se dirigían a tal objetivo. ¿Cómo se hacía?  Ese profesor también decía que la situación  solo podía explicarse por dos razones: o se pensaba que se aprendían por decantación , según la cual la enseñanza de cada materia dejaba implícitamente un sentido formativo en valores de quienes ejercitaban la tarea docente,  o bien,  se creía que la sola clase  expositiva informaba y alentaba a la admiración juvenil de héroes impolutos, siempre dispuestos a la hazaña y casi santos, lo  que  dejaría impreso en el alma de niños, niñas y adolescentes  modelos éticos y morales, a los que solo restaba imitar.   

Avanzando en el tiempo, aparecen los diseños curriculares, documentos que presentan los procedimientos para posibilitar la planificación general de las actividades escolares. Dichos documentos definen qué contenidos enseñar, cómo enseñarlos y cuándo se enseñan. Todo esto constituyó un progreso, sin embargo, en la práctica parecería que no se ha cambiado mucho. Por ejemplo, en la asignatura Formación Ética y Ciudadana se sostiene que el conocimiento de las leyes y las normas debe ser acompañado por el desarrollo de un pensamiento reflexivo y crítico y, fundamentalmente, la confrontación entre lo establecido por las leyes y la realidad social. Por otra parte, el compromiso con los valores socialmente esperados, solo se logra mediante la práctica cotidiana de actitudes y comportamientos que garanticen su vigencia.

Nadie cruza una esquina, con semáforo en rojo, a 100 km por hora, no solo porque conoce las reglas de tránsito, sino porque el conocimiento y la experiencia intervienen, conjuntamente con la obediencia a la norma.  

La propuesta es trabajar en el aula sobre situaciones de la vida cotidiana real, controvertida y conflictiva, considerando a la escuela como un mundo pequeño en los que se desarrollan interacciones entre las personas equivalentes a las que tienen lugar en el proceso social y político de la sociedad.

Una educación sobre estas bases, deberían preparar a los más jóvenes para desempeñarse a futuro como ciudadanos comprometidos con sociedades más justas y solidarias.  Mientras tanto, las acciones realizadas durante la escolaridad y el aprendizaje, contribuirán a hacerlas realidad.

La sola recepción de información no garantiza que las personas tengan actitudes y comportamiento comprometidos con el respeto, los derechos humanos y las prácticas democráticas en la vida cotidiana.  

 

Tekoá. Cooperativa de Trabajo para la Educación