POR SERGIO BRODSKY (*)

JUANCITO

Indeleble Patria de la infancia, paraíso perdido de las primeras vivencias, aventuras, picardías y ritos, el Barrio es el sitio de las experiencias iniciáticas, únicas e irrepetibles que marcan las huellas más profundas de nuestra identidad. Hecho de olores, sabores, amigos, de tiempos más o menos borrosos,  de recuerdos imborrables y lugares mágicos, es el espacio fantástico al que corre triste y a la vez maravillada, la nostalgia, esa bolsa de sentimientos en la que empeñamos la búsqueda de las ausencias. 

Ante tanto agitador actual de autoexilios, el Barrio nos sujeta como una raíz profunda a lo que somos. A nuestra esencia.

El mío, el nuestro, el de muchos, el que llevamos como un paisaje interno, en el que desensillamos cada tanto para saber de dónde venimos y quiénes somos, es el de “La Plaza España”. P

Precisamente su geografía es la que nos aglutina y nos da un sentimiento de “Nosotros”. Aunque muchos  ya no vivamos allí, nos referenciamos en ese espacio fundacional de encuentros,  hecho de parejos canteros, canchitas de fútbol para la ocasión, belleza de flores, hamacas, toboganes, juegos en los que se despliegan las destrezas infantiles y bancos domingueros para compartir mates y bizcochos.

Ese enorme patio compartido fue el escenario único, privilegiado de las vicisitudes y peripecias de nuestra historia, de los cimientos de nuestra vida. Y aquellos que nos referenciamos en “la placita”, somos generaciones que fuimos niños y adolescentes en las  épocas difíciles de las décadas del 60 y aún sombrías de las del 70.

Nos socializamos corriendo en los pedreríos aledaños a los espacios verdes, entre juegos de manchas, escondidas, elásticos y dígalo con mímica,  construimos amistades indestructibles entre “gambetas y caños” en el campito de los Giampaolo, hoy sepultado por un mar de cemento, o armando el equipo representativo para defender sus honores, en ríspidos torneos contra los chicos del Barrio de las calles San Martín y del Brown. Distribuíamos tarea en la construcción del pesebre navideño que organizaba “Los Castell”. Muchos íbamos a la Escuela 24 Justo José de Urquiza (hoy 55), Escuela de “La Placita” y otros vivieron sus imborrables primeros arrumacos, en los bancos por fortuna poco iluminados para esas nacientes lides amorosas.

Esos recuerdan, seguramente, al implacable placero alemán que perseguía esos intentos como un soldado, atento vigilante a los románticos que hurgaban los productos del jardín de flores, a la vez que censuraba eventos deportivos o juegos, más o menos masivos, en ese recinto en el que se sentía obligado a disciplinar y poner orden.

Más tarde nos dimos cuenta que tal vez no fue otra cosa en ese micro espacio, que una triste sombra, un oscuro reflejo, una metáfora cruel de una época signada por la represión y la censura. En ese momento contribuyó  de todos modos, involuntariamente, a estimular el ejercicio de nuestra rebeldía y transgresión.

En ese escenario mágico de nuestra vida, se erigía un personaje extraordinario. Su centro de operaciones era un pequeño Kiosco, ubicado en Bernardo de Irigoyen y Alvear. Pero su radio de acción se extendía a la plaza y barrios aledaños. Casi con naturalidad recordamos el sabio modo en que nos convocaba a la actividad física, que para él siempre tuvo un contenido social y cultural. La maravillosa manera en que nos invitaba a practicar fútbol, vóley y atletismo, su pasión.

Su infinita sapiencia para cultivar la amistad, la solidaridad, el afecto, los sentimientos de hermandad, los mejores sentimientos humanos, en esos encuentros. Si algunos de esos valores han crecido en nosotros, los del Barrio de la Plaza, se lo adeudamos en una enorme medida.

En todas las actividades en las que participó como un verdadero líder, un referente ético  de nuestra comunidad, esos valores humanos constituían el eje de su enseñanza. Porque es como un padre. Porque es un Maestro. Porque más allá que sus palabras fluyan a borbotones, desordenadas, disparadas con la compañía de  amables y pícaras sonrisas, el secreto de su transmisión ética, repito, no está en el discurso, sino en su acción. Porque nos enseñó que la verdad no se halla en engolados y fútiles discursos, sino en los hechos. Porque nos enseñó la honestidad, la solidaridad, el amor, la amistad practicando esos valores. Porque a través de la fiesta y la alegría, de las carrozas armadas a pulmón para participar en los corsos de calle Entre Ríos, a través del deporte jugado con los chicos de los barrios más pobres de nuestra ciudad, nos hizo saber que las diferencias sociales son construcciones ficticias, nos dejó en claro que todos somos seres humanos, semejantes, iguales en las penurias y en las virtudes, que solo nos separan los prejuicios y la ignorancia. Porque los gestos solidarios brotan naturalmente de sus acciones. Porque en esas acciones nos comprometía, dejando las marcas más hondas. Porque nos transmitió, sin fisuras, que no hay alegrías si no son compartidas con los que no han sido favorecidos por la vida. Porque finalmente, nos enseñó, no solo a los del barrio de la plaza España, sino a toda la ciudad, que la fiesta más genuina, la más hermosa, la más llena de emociones, en la que nos encontramos como pueblo con esos valores que son los pilares básicos de su existencia, la Maratón de Reyes, puede construirse con unos pocos amigos y vecinos, con una libretita con letras diminutas, solo por él comprendidas en la mano, pero con una voluntad de hierro con la que nos enseña la convicción, la humildad,  la esperanza, el esfuerzo y el amor que son necesarios para lograr los objetivos de  transformación  colectiva de la comunidad.

Porque vivimos una actualidad degradada en la que agonizan esos valores que practica y enseña aun, porque es un modelo de la vida que queremos como pueblo, los vecinos de la Plaza España  pedimos un reconocimiento, extensivo de toda la ciudad,  en vida claro, a nuestro querido amigo, padre, maestro de generaciones enteras, al admirado Juan Diego López, a Juancito. Queremos concretarlo con una placa recordatoria en el preciso lugar de sus construcciones sociales, es decir en la esquina donde estuvo “el kiosco” toda la vida. El expediente, un poco burocrático para las emociones en juego, ya está en el Concejo Deliberante local, elaborado por un grupo de vecinos. Ojalá pronto podamos dejar allí el recuerdo, la huella imborrable de lo que significa Juan López, para generaciones enteras, aquellas que hoy transmitimos incansablemente  a nuestros hijos. Pero, como lo indica su ejemplo, se trata de hechos, no de palabras.

 

(*) Psicólogo. MP243